Juche

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martes, 31 de diciembre de 2013

Crónica de Corea. Primera crónica. El tren

Primera Crónica de “Un viaje a Corea”
- El tren -

Juan Nogueira López
para el blog
“Corea Socialista”

La experiencia de subir a un tren cuyo destino final es Corea del Norte es siempre sorprendente. Para mí, además, era la primera vez.

La primera sorpresa fue la cantidad de vagones que iban en el tren: ¡14! La segunda sorpresa llegó cuando abrí la puerta de mi compartimento: compartí mi viaje con un chico norcoreano de 23 años, jugador del Equipo Nacional de Ping Pong. Si -como afirma la prensa occidental- el “régimen” trata de aislar a sus ciudadanos del mundo exterior, la ineficacia es suprema.

Durante 26 horas de tren entraron y salieron norcoreanos de mi compartimento, tratándome a mí como uno más y sin el menor reparo. Escuchaban música -incluyendo algún legendario hit de Abba-, fumaban -estaba permitido-, se reían y hablaban -también de política.

Alguno de ellos llevaba más de un mes fuera del país e incluso alguno había estado en Corea del Sur. Volvían a casa como algo natural, ni forzados ni de mala gana. El norte de Corea es su patria.

Conocí a bastante gente, incluyendo a una norcoreana con una hija de 5 años preciosa. Ella -la madre- había estudiado en la Universidad de Lenguas Extranjeras de Pyongyang: inglés y chino. Trabajó durante unos años como intérprete y en una de las visitas al extranjero se enamoró de un ciudadano chino. Desde hace dos años vive fuera de Corea, pero vuelve al país con regularidad. Nadie le ha requisado sus propiedades ni su vivienda en Pyongyang, ni ha tenido problemas políticos de ninguna clase.

Estuvimos intercambiando impresiones sobre el país. Yo le dije que notaba una paulatina mejoría económica desde 2005 hasta ahora. Ella me dijo que no lo tenía claro, aunque estaba segura de que se habían puesto las bases para que la situación mejorase radicalmente pronto... “muy pronto”, se corrigió.

Los norcoreanos no son autómatas a los que han comido el cerebro, como pinta la prensa occidental, pero tampoco son trabajadores abnegados por la causa del socialismo, con una unidad monolítica en torno al partido, como a veces se desprende de las declaraciones oficiales.

Sí es cierto que el pueblo Corea es muy laborioso y que el grado de compromiso ideológico y de formación es -probablemente- de los más elevados del mundo. Pero esto no quiere decir que no haya fisuras, dudas y contradicciones.

26 horas de tren dan para mucho y los norcoreanos que acudieron masivamente a mi compartimento se interesaron por saber si tenía pareja o si les podía enseñar fotos de mi ciudad. De ahí llegamos a las fotos de la “I Brigada Antonio Gades a Cuba”, de los Colectivos de Jóvenes Comunistas, en la que participé en 2007. No había un sólo norcoreano que no supiese quién era Fidel Castro, Raúl, el Che Guevara o algunas consignas clásicas de la Revolución Cubana, como “Patria o Muerte, ¡Venceremos!”. Esa misma impresión había obtenido en 2008, en una exhibición de los logros de la industria coreana, cuando una trabajadora creyó por mi camiseta que yo era cubano y comenzó a hablar con gran conocimiento de causa sobre Cuba.

Los coreanos relacionan siempre primero la hoz y el martillo con la Unión Soviética y les cuesta más entender que es un símbolo internacional utilizado por multitud de organizaciones en el mundo. Quizás sea porque ellos optaron por una marcada vía propia hacia el socialismo, incluso en el ámbito de los símbolos. Por eso, su reacción ante las fotografías de la última escuela de formación de los CJC fue creer que había estado en Rusia. Pronto, en cualquier caso, empezaron a hablar de Marx, Engels y Lenin.

Esos mínimos formativos -ajenos a la mayoría de jóvenes de nuestra edad en los países occidentales- son comunes a los norcoreanos. En cualquier caso -y de forma mucho más sutil, pero a la vez impactante- tienen interiorizados unos valores colectivistas desde la guardería.

Cada vez que abren una botella -de refrescos o cerveza- ofrecen primero al resto y luego beben ellos. Prácticamente me prohibieron comprar cena en el tren y trajeron fideos y pescado, que pusieron en el medio del compartimento y de los que todos comieron. Son detalles comunes a todos los que he conocido y donde se percibe que, con mayor o menos compromiso con la Revolución, al menos sí que se están formando personas -hombres y mujeres- nuevas.

Esto no quiere decir que todo sea perfecto, ni por asomo. La entrada en Corea tuvo su lado desagradable. No sé si fue porque mi mal despertar o por la lluvia, pero no me gustó lo que vi en la aduana.

Varios militares del servicio de aduanas entraron y revisaron algunos equipajes. La inspección tuvo más de rutinario que de eficaz, ya que me hicieron abrir la mochila y el neceser, pero no la maleta.

En realidad, no fueron desagradables ni dieron ninguna impresión de imposición a través de su jerarquía castrense, pero supongo que los españoles tenemos en nuestro subconsciente un odio innato a todas las fuerzas policiales y armadas.

La verdad es que el trato fue muy amigable en cuanto descubrieron mi carné de militante de CJC y llegó a un punto sublime cuando encontraron un libro escrito por Kim Il Sung. Futuros viajeros, ahí tenéis una sugerencia.

El ejército coreano cuenta con más de un millón de efectivos. Obviamente, un gasto tan considerable en armas y soldados no se hace por capricho, sino que responde a la presencia de tropas norteamericanas en el Sur de Corea. A pesar de que la prensa insista en que Corea es un peligro, hay que recordar que el único país que elabora listas de “Eje del mal” y intercala invasiones, golpes de Estado e intervenciones “humanitarias”, son los Estados Unidos. En el conflicto coreano, el problema también son los Estados Unidos. La Península Coreana es un portaaviones terrestre norteamericano contra China y azuzando el “peligro norcoreano”, Estados Unidos legitima la presencia de sus tropas. Todos los años, se realizan ejercicios militares junto al ejército de Corea del Sur, en el que se actúa en previsión del uso de armamento nuclear.

Por otro lado, el nombre oficial de las fuerzas armadas norcoreanas es Ejército Popular de Corea, y el adjetivo “popular” no es un simple adorno. Efectivamente, en torno a 200'000 soldados se encargan de tareas de construcción económica o de apoyo a la población. En los picos de las cosechas, el ejército ayuda a transplantar el arroz y, en general, se puede observar una gran naturalidad en el trato entre población militar y civil. ¿Alguien se imagina a un guardia civil pasando el brazo por encima del hombro a una persona que se encuentra en la calle y ofreciéndole un cigarrillo? Pues eso es tremendamente común en Corea.

Sin embargo, la militarización -por necesaria o ética que sea- siempre acarrea efectos negativos, se quiera o no. La parada de Sinuiju, en la frontera, duró alrededor de tres horas y media. Por supuesto, varios pasajeros quisimos bajar del tren a estirar las piernas. Pues bien, sin mayor explicación, a algunas personas se les pedía esperar 5 minutos antes de ir a la tienda de la estación. Nunca entenderé este tipo de órdenes o controles. No existía un sentido a hacernos esperar a algunos durante 5 minutos, sino que más bien sonó a un “bien, vete a la tienda si quieres, pero recuerda que aquí mando yo”.

Si la militarización no ha derivado en Corea en un dominio por parte de la jerarquía militar, es gracias al papel del Partido del Trabajo. En Corea, el ejército no es una institución estatal, sino que depende del PTC. Aunque existen tres partidos en Corea, sólo el partido de la clase obrera y el socialismo puede establecer células en las fuerzas armadas.

Kim Jong Il trabajó mucho sobre este asunto, ya desde los años 60, y se estructuró un sistema donde en las células del partido en el ejército, conviven oficiales y soldados rasos. Dentro de ellas, no existen las graduaciones militares, se fomenta la crítica y la autocrítica, se dirige el trabajo político del ejército y se prohíbe que cualquier tipo de crítica hacia un superior en la célula luego conlleve represalias en el ámbito militar.

El ejército cumple una función de formación y estudio político, pero también cultural y deportivo. Precisamente, mi compañero de compartimento y sus amigos eran miembros del Equipo de Ping Pong “25 de abril”, asociado al Ejército Popular.

La ciudad fronteriza de Sinuiju tiene un centro que ha sido remodelado recientemente. Varios edificios han recibido una mano de pintura y las fábricas vuelven a funcionar. Sin embargo, el desgaste, la falta de mantenimiento y la oxidación de parte de la industria es también visible. La diferencia con Pyongyang -la capital- es notable.

En general, ninguna ciudad cuenta con el nivel de infraestructuras de Pyongyang. En cambio, el campo tiene muy buenas infraestructuras, tanto en viviendas como en edificios de cultura y otros. El campesinado tuvo una importancia superlativa en la Revolución Coreana y eso tiene aún una pervivencia en la actualidad.

Por ejemplo, en Corea nunca se apostó por despoblar en campo en favor de las ciudades. La mayor parte de la población vive hoy en núcleos urbanos, pero un tercio sigue viviendo en el campo.

El crecimiento de las ciudades está planificado. En Corea se considera que por encima de 300'000 habitantes, una ciudad deja de ser sostenible en cuanto a nivel de vida y consumo energético, salvo si la inversión es altísima. De esta manera, salvo Pyongyang, el resto de ciudades se mantienen en torno a los 300'000 habitantes.

La solución ha sido la de llevar la industria ligera y la cultura urbana al campo, para no crear divisiones entre el mundo de la ciudad y el rural.

En las zonas rurales siempre he podido ver personas bien vestidas y con un nivel cultural aceptable. No es raro ver en zonas rurales a mujeres con zapatos de tacón o bolsos, a pioneros leyendo y a hombres con mono de obrero trabajando en la construcción.

El gobierno comenzó desde hace más de una década un plan masivo de modernización del campo, que se hace notar en nuevas viviendas, mayor accesibilidad a los transportes y mejores infraestructuras de todo tipo. Lo que para Jon Sistiaga era, en su horrible “documental”, la destrucción del modo de vida tradicional, para los coreanos significa la elevación constante del nivel vida.

Por lo demás, pude apreciar lo mismo que en 2008: campos intensivamente cultivados, aprovechando hasta el último centímetro cuadrado de tierra útil. Donde no se puede plantar arroz, se prueba con el trigo. En las colinas, se utilizan terrazas o se plantan árboles frutales. Y en las montañas, el ganado.

A mi llegada a Pyongyang -por fin- me sorprendió la cantidad de personas que se bajaron del tren -alrededor de 300. Pronto se organizaron en filas, mientras los altavoces de la estación comenzaron a emitir música alegre.

Los camaradas de la Academia Coreana de Ciencias Sociales (en adelante, KASS, por sus siglas en inglés) me recibieron y me llevaron a mi nueva casa para los próximos 15 días: el Hotel Koryo.

Koryo fue el Reino Coreano del que deriva el actual nombre “Corea” y el primer Reino Coreano unificado, en la época feudal. El Hotel es grande, con 45 plantas y dos torres con restaurantes giratorios en la cima.

Yo estoy alojado en la planta 22, desde donde las vistas de la ciudad son espectaculares. Cuento con una suite con estudio, dormitorio y baño, con televisión, radio y aire acondicionado. Todo un lujo asiático con el que no contaba, pero que no me he cansado de agradecerles.

Mañana comienzan las clases y continúo la crónica.

Juan Nogueira López